¡Este infeliz desarrollo!

Jacques Attali, enorme autor argelino, retoma en uno de sus textos una genial carta fechada en noviembre de 1867, respecto del origen de la “gran crisis financiera” aquélla época, originada en el corazón financiero de entonces. La cita dice:

“El comienzo fue señalado en Londres, en mayo de 1866, por la quiebra de un banco gigantesco, seguido por el derrumbe general de una multitud innumerable de sociedades financieras turbias. Una de las ramas de la gran industria, particularmente aquejada en Londres por la catástrofe, fue la de los constructores de barcos acorazados. Los peces gordos de la partida no sólo habían llevado la producción a ultranza durante el periodo de alta prosperidad, sino que también se habían comprometido a hacer entregas enormes con la esperanza de que la fuente del crédito no se agotara tan rápido”.

El autor de la carta era Karl Marx; el destinatario, uno de sus más cercanos amigos y colega, el doctor Kugelmann. El contexto era nada menos que el de los preparativos para una próxima reunión de gran relevancia de la Internacional Socialista, dirigida en ese momento por el filósofo alemán.

Han pasado más de 120 años de esa precisa descripción de una de las ya también incontables crisis del capitalismo financiero mundial; sin embargo, el párrafo bien podría ser asumido y firmado por cualquier economista contemporáneo, modificando de manera mínima algunas partes de la parrafada.

La quiebra del gigantesco banco bien podría asimilarse al escándalo de Lehman Brothers, o al generado por Bernard L. Madoff, hoy recluido en prisión por ser el autor, operador y principal beneficiario del más grande fraude financiero en la historia económica planetaria, valuado en más de 50 mil millones de dólares.

Por su parte, la rama de la “gran industria” que se dedicó a la producción sin límites y cortapisas podría asimilarse en nuestros tiempos al sector inmobiliario norteamericano, o a la industria automotriz, pues no debe olvidarse la estrepitosa caída de compañías como General Motors o Ford Motors Company.

En Europa los ejemplos sobran; desde el caso Parmalat en la década de los 90 en el siglo pasado, hasta las persistentes crisis en curso de las economías de Grecia, Portugal, Italia y España, amén de la recesión recientemente confirmada, en plena celebración de los Juegos Olímpicos, de Inglaterra.

La cuestión que se plantea aquí es que el capitalismo, por donde se le vea, es siempre el mismo: un sistema de saqueo y explotación –eso sí con cada vez mayores niveles de sofisticación-, que es capaz de producir todo, excepto bienestar al alcance de cada uno de los seres humanos que habitamos a este frágil planeta.

Hay mujeres en nuestro país, y en todos los países con “economías emergentes” y en los que presentan mayores condiciones de pobreza, que tienen que caminar hasta tres horas para conseguir dos cubetas de agua. Los economistas defensores del sistema argumentan que la causa es la falta de competitividad, la dispersión poblacional y la “falta de reformas estructurales”.

Quienes así piensan viven profundamente equivocados. La causa es simple y se encuentra en la prevalencia de un sistema diseñado para la competencia y entonces, por definición, para la producción ad infinitum de “perdedores” que no son otros sino los explotados, los excluidos, los proscritos, los parias, los hambrientos.

Vivimos en medio de un sistema que promueve una lógica de opulencia maldita –por su carácter frívolamente materialista-, al alcance de unos cuantos privilegiados, a costa de la infelicidad, la frustración y la vida siempre incompleta de quienes aspiran, parafraseando a Eduardo Galeano, “a ser como ellos”.

En el espíritu del capitalismo no hay lugar para la solidaridad, ya ni siquiera para la compasión cristiana; enfrentamos hoy la más descarnada forma de la ideología, disfrazada de discurso inocuo, desde la que se promueve el individualismo a toda costa y la búsqueda desbocada del enriquecimiento monetario a cualquier costo.

Cual flautista de Hamelín, van los financieros bursátiles, y todos los otros, dirigiendo una absurda caminata hacia el despeñadero del calentamiento global y de la muerte por inanición de cientos de millones de personas. En México, por citar sólo un dato, mueren más de ocho mil personas al año a causa de la desnutrición, en un territorio considerado hace apenas 35 años como “el cuerno de la abundancia”.

Miles de personas enferman cada día por padecimientos mentales: no soportan el estrés generado por la demencial y frenética rutina del día a día que, en el mejor de los casos se evidencia como explotación laboral, y en los más terribles, como hambruna a secas la cual, en un lenguaje de denuncia frente a nuestra atroz realidad, no puede sino explicarse en términos de dolor, enfermedad, tristeza y muerte.

A esto es a lo que los economistas de viejo y nuevo cuño le denominan el proceso del desarrollo; algunos otros de pensamiento fatigado proponen rebautizarlo y demandar lo que llaman “desarrollo humano”.

La historia es dura y como en el citado texto de Attali, nos muestra que la búsqueda de una reforma económica es absurda, porque este modelo económico lo único que es y ha sido capaz de ofrecernos, es un infeliz desarrollo.

Saúl Arellano

sarellano@ceidas.org

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