En el mundo de las democracias, demasiadas zozobras padecen los artistas y los directores, editores o promotores que se dedican a las actividades artísticas o culturales en la sociedad. Los cambios de gobierno acarrean espectación sí, pero temor también: ¿cuál es la perspectiva de la música, las letras, los espectáculos de calidad, la plástica, la cultura popular con los nuevos gobernantes?, ¿qué presupuesto le destinarán a ello?, ¿qué personas los aplicarán y con qué criterios?….son las preguntas básicas de las que los ciudadanos interesados –cada día más, por fortuna- quieren respuestas.
Jonathan Messe, uno de los grandes valores de la plástica alemana contemporánea y también especialista en el llamado “arte de la provocación” señaló el pasado mes en la Universidad de Kassel: “El peor enemigo del arte es la democracia”…y bueno, polémicas conceptuales aparte, no deja de tener razón al menos en las incertidumbres que para la creación artística o la política cultural generan los cambios de gobierno o la alternancia de partidos o ideologías en el poder.
En el caso de León he de confesar que mi preocupación es menor, tanto porque los gobiernos priístas por ideología (si es que aún existe una) están obligados a mejorar el énfasis en la cultura con relación a los de derecha, como porque más bajo de donde llevó Sheffield a este rubro ya es muy difícil llegar.
Y aunque el bagaje cultural de la próxima alcaldesa pudiese generar dudas, la verdad es que éste no es estrictamente necesario para que un gobernante con visión entienda la importancia de proporcionarle a la población, en especial a los jóvenes, las ofertas y los espacios adecuados para su formación y su esparcimiento cultural. Además, confío en que la presencia cercana de tres personas en el futuro gobierno: Luis Fernando Gómez, Martín Ortiz y Salvador Ramírez Argote, contribuirá a la sensibilización en materia presupuestal y a la ejecución de un proyecto cultural novedoso, fresco, moderno, accesible y de calidad.
En el gobierno estatal en cambio, las dudas son mucho mayores. Conocida es la “coyuntura cultural” que se dio con Juan Manuel Oliva, personaje con sensibilidad artística cero e interés específico cero, pero muchos recursos y un bicentenario de la Independencia que festejó como Dios le dio a entender. Y uno de los festejos fue la construcción del Teatro del Bicentenario (otro la Expo, el Ángel de Mosqueda, etc.) que resultó como la fábula del burro que tocó la flauta: casi por casualidad y desde luego sin así planearlo, el teatro se convirtió en el mejor de este país. Pero fuera de ello, nada: una política cultural errónea, sometida a los dictados de un personaje controversial que antepuso su partidismo extremo a todas las decisiones de su ramo, Juan Alcocer.
Miguel Márquez, se enfretará al reto cultural de su gobierno con idéntico bagaje de ignorancia que su antecesor, solo que con menos dinero y menos apoyos externos. La presión interna y la de fuera lo harán un gobernador acotado.
Las decisiones que en la materia se dieron en el pasado inmediato –un responsable partidizado, un Consejo del Forum plagado de ocurrencias, ningún apoyo a los municipios, ausencia de control en los manejos económicos- no podrán de ningún modo repetirse. En otras palabras, Márquez en el capítulo cultural y en muchos otros, deberá plantearse un cambio de fondo, una cirugía mayor si quiere trascender y si no quiere seguir labrando la fama de “demoledores de la cultura” que tienen los gobiernos de derecha en el mundo.
Sergio Vela, Exdirector de CONACULTA y del Cervantino refirió a sus allegados que su amigo Felipe Calderón le preguntó un día en Los Pinos: ¿Por qué la derecha tiene fama de inculta?…La respuesta está….en el viento, “blowin’ in the wind” diría Bob Dylan.
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